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Montenegro, el pueblo de los dones

Montenegro, el pueblo de los dones

Esta crónica hace parte del proyecto ganador de la convocatoria de Estímulos 2017 en la categoría Beca de creación de contenidos culturales para medios impresos de la Secretaría de Cultura de la Gobernación del Quindío.

Quindio - Montenegro - Street Scene

Un hombre mulato y vestido con una camisa de cuadros entreabierta, que le deja ver un crucifijo de plata, exprime un limón sobre un mango biche en la plaza central de Montenegro. Se llama Oliver Guzmán y trabaja en este lugar desde hace 19 años.Cuando le recibe el billete de mil pesos a la adolescente, le comenta que sabe quién ganará el Concurso Empuje el Willys que está a punto de comenzar, porque tiene el don de prever el futuro. Tras él, en el andén que bordea el parque, hay gente expectante a ambos lados de la calle.

—Esta competencia no es de fuerza, es de resistencia. Acá hay mucho mancancán, pero eso no es suficiente.

En la esquina de la plaza, junto a la iglesia, hay una carpa con una mesa y un amplificador de sonido. El animador, un hombre canoso y de estatura media, avisa a los participantes que es hora de preparase. A mitad de cuadra, en el centro de la calle, está estacionado un Jeep rojo, con pintura y caja original, de placa WNA 460 de Quimbaya. En el vehículo hay un hombre sesentón, simpático, tiene una camisa amarilla de manga corta y usa un vistoso reloj dorado.

Amigos y familias esperan recostados sobre los estantes de hierro de una marca de aguardiente o tras la cinta plástica amarilla. El animador anuncia que para poder empezar el concurso hay que mover dos vehículos y una moto que se encuentran estacionados al final de la cuadra, pero nadie llega como responsable. Pasados diez minutos amenaza con que vendrá la grúa a llevárselos y, como por arte de magia, aparecen los propietarios.

La competencia se realiza por segundo año consecutivo y quizás sea el evento más concurrido de las celebraciones. La gente está amontonada en el andén esperando ver a los 18 grupos que competirán y que están conformados por seis integrantes cada uno, cinco hombres y una mujer, más un equipo de mujeres. El que menos tiempo tarde empujando el Jeep alrededor de la manzana, ganará el primer lugar y recibirá un premio de quinientos mil pesos, el segundo lugar recibirá trescientos y el tercero, doscientos mil.
En los balcones de chambrana que están frente a la iglesia también hay gente asomada observando. Una niña con su muñeca, una mujer con su esposo y su hijo, una pareja de novios. Abajo, en el andén, hay dos bancas de madera largas donde las señoras mayores reposan mientras la policía y los bomberos aseguran que las cuadras por donde pasará el Jeep ya están despejadas.

También hay quienes no han podido ubicarse. Un señor bajito, vestido con una bermuda café agarra a su esposa del brazo, la mujer obesa y de pelo abundante lo sigue.

—Es que la parte buena es acá, porque tienen que subir la loma.

La adolescente que va tras ellos protesta porque en esa esquina no hay sombra para guarecerse del sol de las tres de la tarde. En ese instante pasa un vendedor y le ofrece galletas de arroz inflado a la muchacha que le hace mala cara en medio de su pataleta.

En el parque, bajo los olorosos árboles de mango, dos viejitos de sombrero y zurriago conversan. A su lado, un perro negro toma una siesta sobre el asfalto caliente. Mientras tanto, docenas de abejas rondan el puesto de cholaos que está frente a ellos, manchado de anilina roja y amarilla. El vendedor, ya familiarizado con los insectos, manipula con naturalidad el manubrio que pica el hielo.

Desde la calle se escucha la algarabía, cinco mujeres pasan corriendo con entusiasmo de una esquina a otra. Arrancó la competencia. Delante del Jeep van dos hombres en una moto con un cronómetro en la mano y un pito, alertan a los transeúntes para que no se atraviesen, luego tras el Jeep y los competidores, va un fotógrafo y cinco adolescentes montados en bicicletas cross.

transporte public, montenegro-quindio

El señor que manipula el manubrio pasa sonriente y de vez en cuando saluda con la mano como si fuera una reina de belleza. Los competidores sudan a chorros y empujan con todas sus fuerzas, cuando el Jeep agarra impulso se suben para descansar unos segundos y luego vuelven a empujar hasta llegar a la esquina más decisiva, ubicada a treinta metros de la meta final: una calle ligeramente inclinada en donde deberán hacer el último gran esfuerzo para llegar a la línea blanca desde donde partieron. El público grita, silva y aplaude. Los competidores llegan agotados, con la cara roja, resoplando.

Ni bien el carro cruza la línea, el grupo siguiente se pone en marcha. Un perro mono criollo ladra mientras persigue al Jeep hasta la primera esquina, cuando esté dobla, se devuelve campante para descansar junto al público y esperar para repetir nuevamente su recorrido las dieciséis veces siguientes. El animador del concurso, divertido por la actitud del animal, declara que el perro es el personaje de la jornada.

Los grupos que hoy compiten están integrados por habitantes de un mismo barrio, por entidades o por negocios. El año pasado el grupo de la alcaldía fue el ganador de la competencia. Entre los dieciocho grupos inscritos este año están: los bomberos, el equipo de baloncesto, Best Gym, Vipers (porristas de Montenegro), Restaurante Caballitos, Comedor Doña Rosa, el Club Andino Bombonéo, los barrios: La Isabela, Santander, entre otros.

El grupo de los Vipers, que acaba de llegar a la meta, es hasta el momento el que lo ha hecho en menos tiempo: dos minutos diecisiete segundos. No pueden festejar porque uno de los integrantes está hiperventilado y apunto de desmayarse. Lo sientan en una esquina pero la gente se amontona sobre él para averiguar qué ha ocurrido. La competencia continúa y el animador pide que despejen el espacio para que respire. Pero el mensaje surte el efecto contrario y va llegando más gente a su alrededor.

—¡A ver, a ver, abran vía!
—Más berraco ese que se lo lleva así.
—Es que ese es el hermano

Uno de los competidores traslada sobre el hombro al hombre corpulento hasta las gradas de la iglesia en donde lo acuesta. Por un instante se suspende la competencia cuando llega la ambulancia para llevarlo al hospital. Tras los dos enfermeros que empujan la camilla van tres niños curiosos.

Dos ancianas vestidas con falda y camisa de botones salen en este instante de la iglesia.

—Vamos un ratico a ver.
—¿A ver gente empujando un carro? ¡Valiente gracia!

En los alrededores de la plaza quienes no están viendo el concurso hacen lo de  todos los domingos: toman tinto mientras conversan, juegan billar o trabajan. María es una de esas personas, otra vendedora ambulante montenegrina con un don:sobar a los adoloridos y curarlos con su toque mágico.

María es una señora mayor, de pelo corto, piel trigueña y estatura baja. Tiene a una cuadra de la plaza un puesto de dulces naranja y junto a este un taburete pequeño de madera en el que monta los pies de los adoloridos. Desde el año noventa y seis es la sobandera oficial del pueblo, aunque tenga dañada la mano derecha desde hace décadas cuando era recolectora de café.

—Ah no, todavía ni se ponga el zapato.

Le dice a un muchacho mientras apoya el pie del adolorido sobre su muslo y con la mano derecha le hace círculos de una dirección a otra. El joven hace muecas de dolor y se tapa la cara con el brazo para evitar que lo vean quejándose.

Mientras tanto, en la Calle Sexta, un policía se abalanza con cara de pánico sobre un anciano flaco que se atraviesa desprevenido empujando su bicicleta destartalada. Segundos después pasa el Jeep en movimiento. El señor de camisa amarilla que maneja está cansado ya de la dinámica de dar vueltas a la misma manzana, no sonríe, ni saluda con la mano. Indiferente mira hacia adelante, esperando que la competencia termine.

Cuando el Jeep da la última vuelta comienza a oscurecer. El equipo ganador del concurso es Vipers, tal como lo vaticinó Oliver tres horas antes. Mientras la multitud se va dispersando rumbo a sus casas, triunfante, saca en cara su acierto y le recuerda a su hijo y su nuera que tiene un don. Ellos se ríen incrédulos mientras lo ven picar en rebanadas un mango y un nuevo presagio llega a su mente.

Juliana Gómez Nieto
Especial para LA CRÓNICA

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